POSTALES VICTORENSES. TACOS DE LA ESTACIÓN

POSTALES VICTORENSES. TACOS DE LA ESTACIÓN

Les conocí un sábado, saliendo de mi juego de futbol. Claramente, papá ya era asiduo porque parecía estar en campaña con puesteros y comensales, y ahí me llevó a mis 8 años y durante una década, casi después de cada partido, fuimos. Se quedó el hábito con esa deliciosa máquina del tiempo.


Nada queda exento del “antes era mejor, ya no es lo mismo”, y obvio este lugar no se escapa. Hubo un tiempo en que de verdad funcionaba como estación de trenes, una escala entre Tampico y Monterrey, área de oportunidad que vieron algunas señoras y comenzaron a venderle tacos a viajeras y viajeros.


Después, La Estación no funcionó más, pero la vendimia ya estaba acreditada siendo quizá el platillo más representativo de esa tierra tamaulipeca. Muchos puestitos con señoras con una cubeta metálica con brasas y encima un cazo/baño con aceite al tiro dejando en su punto pequeños tacos de huevo con chile, frijoles, papa y picadillo, ya sean en tortilla blanda o taquitos dorados; en esto último nos extendemos un poco porque insisto en que son taquitos dorados, esas personas (el resto del país) que la tiznan mucho llamándoles “flautitas”, y lo que conocemos como flautas es una enorme tortilla de harina atascada de algún guiso, pero eso, la gente que poco sabe de la vida le llaman “burrito”, cuando el “burrito” -y no me albureen- es tortilla de harina freída y con sus extremos doblados; entonces son taquitos dorados y no se discute, no flautitas. También venden carne por media u orden completa, dicha carne igual alcanza su punto matón sumergida junto a los tacos.


Ahí estará en el 23 y 24 Hidalgo, fácil de ubicar y aunque ya no sea lo mismo y antes fuera mejor, todo y toda foráneo/foránea que les prueba queda eternizado/a.

En verdad son deliciosos, sí, considerar como mínimo unos 20 y destacar que curan todos los males que padecemos en el gremio etílico, une familias, las separa, oculta aventuras y las expone: un montón de rastrojo, salsa y pa’ dentro los tacones, obvio acompañados de un Escuis de Hierro, y quien diga que ese refresco sabe horrible, como reza nuestro “Cuerudo Tamaulipeco”: “que me lo venga a arreglar”.

Por Diego Lara

Colaborador Invitado


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