Ramón Mendoza Maldonado

Ramón Mendoza Maldonado

La cuera tamaulipeca, tradición vaquera con clase

Hace más de 40 años don Ramón Mendoza tuvo un accidente que casi le cuesta la vida. Mientras convalecía e intentaba reiniciar su vida empezó a acompañar a su suegro, un maestro talabartero que mantenía la tradición familiar de elaborar cueras tamaulipecas. Poco a poco, después de años de aprendizaje, don Ramón sintió el llamado del noble trabajo de la talabartería. Un talento natural y las enseñanzas de un verdadero maestro volvieron a Ramón un artesano que le otorgó a sus creaciones un sello personal distinto al del resto de los que elaboraban esta artesanía.

La complejidad del proceso obligó a Ramón a dedicarle su vida entera a un oficio que, dice, le ha dado todo, desde una existencia plena hasta la satisfacción de saberse parte importante del mayor símbolo representativo de todo Tamaulipas.

La elaboración de una verdadera cuera tamaulipeca empieza con la decisión de escoger y comprar las mejores pieles. Hay que elegir los colores adecuados, así como el pialillo, que es una piel finísima, hecha de puro cabrito, con la que se diseñan los adornos de la cuera. También hay que saber seleccionar la gamuza; la de piel de cabra adulta es usada en varias partes del vestido, y aunque anteriormente las cueras se hacían de pura piel de venado, ahora por distintos motivos esa piel ya no se usa más que en casos muy especiales. Al respecto, don Ramón recuerda haber regalado una cuera especial a un presidente de la República, fabricada en su taller de Tula.

El primer paso ocurre en la imaginación del artesano, que elabora meticulosamente el diseño primario, el punto de
partida de la cuera. Dibuja en papel aquella figura que luego plasma en patrones de cartón delgado que van a definir los bordados, el estilo, las costuras, los flequillos y la forma general de la chaquetilla.

Don Ramón dice que ninguna cuera es igual a otra, son irrepetibles, afirma orgulloso. Cada una tiene su propio estilo, incluso, a veces, en contra de la idea del mismo artesano; mientras se va creando la cuera, el estilo en ocasiones cambia: un patrón de bordado de pronto se vuelve una imagen espontánea, y hay que seguir su línea.

El trabajo arduo de cortar cuidadosamente, de mezclar los distintos tonos de piel, la elección de los hilos e incluso el diseño de los espacios vacíos, conlleva en sí mismo un reto. Plasmar ores, plantas, escudos regionales, nombres propios o animales como venados, armadillos, jaguares y gallos de pelea, es otra más de las exigencias en la labor diaria de un talabartero como don Ramón Mendoza.

Más allá de la costura y la talabartería, para don Ramón la cuera tamaulipeca es un símbolo que representa no nada más a Tamaulipas, sino que existe en la imaginación de los mexicanos como un elemento del ser norteño. Por eso elabora con gran compromiso esta prenda, que pasó de ser vestimenta campestre, propia del vaquero, a ser una prenda elegante que puede usarse por cualquier persona que desee vestir algo muy tradicional pero con mucha clase.

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