Irene Reyna Castro

Irene Reyna Castro

Artesanía de ixtle, un trabajo constante

Artesana desde su infancia por tradición familiar, Irene Reyna Castro es una tamaulipeca que trabaja sin excusas, sin importar las
circunstancias y con un ingenio siempre al servicio de su labor.
Su trabajo se remonta con seguridad a muchos años atrás, probablemente cuando el tallado de la lechuguilla era necesario para la vida diaria.
La comunidad donde vive, el ejido Felipe Ángeles, municipio de Bustamante, se halla en un valle de la serranía tamaulipeca, rodeado de montañas, nubes y órganos. El clima de la zona facilita la proliferación de la lechuguilla de forma natural y de manera que los tallos de la planta suelen ser mucho más grandes que
los de otras regiones. Esto permite a Irene elaborar flores de ixtle tejido de gran tamaño, rodeadas de hojas del mismo material y un tallo forrado.

El proceso que realiza es complejo desde su inicio, cuando debe cortar los tallos jóvenes de la planta, para lo cual requiere fuerza y conocimiento.

Irene sale al campo acompañada de su padre, quien le ha enseñado a trabajar el ixtle. En la espalda lleva una canasta hecha del mismo material, donde cargan los cogollos de la lechuguilla, escogidos por su longitud y calidad, y estos son cortados con un palo adecuado expresamente para ello con una especie de horquilla.
Los ixtleros nunca cortan la planta por completo, así que luego de sacar los tallos la planta sigue viva, y con el tiempo se regenera naturalmente.

El tallado requiere una técnica muy específica y buena condición física. Sentados en el suelo, los ixtleros tienden entre sus piernas un pedazo de madera que usan de tope, donde ex- tienden los tallos de lechuguilla, y con un machete tallan poco a poco las pencas que van mostrando sus filamentos, los cuales luego se ponen a secar.
Entonces viene el proceso de lavado y teñido, en el cual se usan tintes naturales derivados de la tuna, el encino y la granada, entre otros. Toda esta parte preparatoria es solo el inicio, luego sigue el trabajo de trenzado de la fibra. Las manos de Irene se mueven con rapidez; en minutos, de un montón de fibras empiezan a aparecer pequeños cordeles, redes, nudos, enlaces que forman pétalos, flores, hojas y tallos.
El ingenio de Irene no se detiene fácilmente. Además de las flores, también crea llaveros, canastillas, aretes, collares, peinetas, pulseras, lámparas, bolsas, cepillos, estropajos y escobillas, entre otras muchas artesanías.

Orgullosa de su trabajo, dice que las flores son lo que más le gusta crear, pues cada vez imagina nuevos tejidos y formas para embellecerlas. Incluso detalles, como son las hojas con sus nervaduras, siempre consigue hacerlos más elaborados y diversos. Por suerte, dice, se venden muy bien, y cuantas flores hace, las vende rápidamente.
Su oficio le ha permitido cuidar y mantener a su familia. Sus hijas han estudiado y viven con honradez. “Trabajo arduo, a veces ingrato, pero digno”, precisa.

Sus conocimientos en gran parte son un aprendizaje heredado de su familia y su comunidad; por otro lado está su talento combinado con experiencia e ingenio propios.

Irene es una mujer trabajadora que con gran esfuerzo y dedicación obtiene de la tierra sustento y oficio, y a la par ha logrado mantener con vida la tradición de un oficio artesanal.

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