“Reynosa en mi mente”

“Reynosa en mi mente”

Mi niñez aun duerme sobre tus algodonales, cuyas plantas fueron un día símbolo de vida; con su verde tierno del tiempo primero, y luego al madurar, pétalos, secos, ásperos, feroces y cortantes, temerarios guardianes de aquella blanca suavidad del capullo fruto.

El calor está aquí casi siempre, pero a veces cala el frío o las lluvias en torrente desdibujan el horizonte. La tarde hirviente, en un minuto puede transformarse en ventisca helada, una constante y hermosa dualidad. Me fascina mi ciudad con esos cambios.

Recuerdos infantiles de charcos enormes, lagunas, permanecían largo tiempo, filtrándose por entre la piedra caliza. Y tanta agua, pero casi no dejaba lodo. En el ayer, sobre las calles de tierra, también había una leve capa de grava, piedrilla de color siena, ámbar, miel y marfil; por entre ellas el agua se colaba despacio, tengo bien grabada en mi recuerdo esa alfombra de piedrecillas límpidas por donde pasaban mis pies de niña.

Recuerdo los laberintos del viejo mercado, pasajes y entradas, entrar, deambular, salir, y nunca era igual nada ni recorría yo el mismo camino. Si acaso, era llevada por los olores fuertes, por los aromas suaves, por los perfumes, que me guiaban como un invisible hilo de Ariadna. Ya está cerca la fruta, pero aun no del todo, el olor de la carnicería avisa que me falta caminar más, pasar el puesto de tamales si he de llegar a la salida, debo ir dejando la fresca penumbra, en el exterior me esperan la calle destellante de sol y calor.

La gran loma que caía detrás de la iglesia. En mi paisaje plano, cotidiano y constante, la loma ponía la nota festiva, subirla, bajarla.

La casa, mis hermanos. Mi madre triunfante y feliz, con su gozosa utopía trabajosamente alcanzada: crear en tierra árida su más bello jardín. Mi padre y sus trajines, sus logros, sus amigos, los ranchos, los negocios, el trabajo, al café.

Las casa y locales de mi barrio, vidriera, ferretera, taller mecánico, refaccionaria, consultorio, tienda de música, tintorería, sastrería, tlapalería, salón de belleza, tienda de novias, peluquería. En cada uno de ellos, siempre, la figura familiar del dueño, monolito inamovible.

La noche fresca, la humedad de la brisa, el cielo estrellado, a veces en el semidesierto brotaban nubarrones anunciando tormenta.

Para guarecernos de las lluvias no bastaba taparse la cabeza, el viento cambiaba el camino del agua en otro ángulo, un fenómeno de ingravedad, donde el agua nos pegaba en caída, casi horizontal.

Y el río, el río que se desborda, o que va seco, serpiente dormida o vivaz, misterio en sus remolinos y remansos, de aspecto tranquilo y alma violenta.

Y mi primer recuerdo, antiguo y claro, cuando el canal apareció un día, cruzó la ciudad y la dividió. Al paso del tiempo delimitó al Centro entre él y el río. La mitad sur se fue extendiendo como planta que cunde sola. Y Reynosa creció insospechadamente.

Llegaron a fundarte, mi Reynosa, un mes de marzo. Cuando la primavera nos seduce y su frescor nos augura hermoso clima. Y vivimos, trabajamos, y gozamos alegrías y vencimos calamidades. Pero aún faltaban más estaciones. Aún nos faltaba mucho más por ver.

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